No importa el tamaño de tus sueños.

Te pertenecen.

 

Nos pertenecen.

Nuestros sueños, nos pertenecen. Y gracias al “universo“, es una de las pocas cosas (o la única) en la que nadie puede limitarnos. El mundo no puede poner límites a nuestra cabeza (o no deberíamos permitir que lo haga). De hecho, creo que lo intentan con todo su esfuerzo cada día. Siempre habrá alguien (políticos/as, familiares, amistades, etc.) diciéndote que tu camino es una pérdida de tiempo, que la hostia será monumental o que hay opciones más fáciles y estables que esa.

Esa que es la tuya y no suya.

El miedo es constante, se va y reaparece cada vez que te enfrentas a una situación desconocida.

 

Algunas de esas personas lo hacen por preocupación, ¿Cómo no? si les inculcaron el mismo miedo que a ti. Y otras, lo hacen para anularte. No les interesa que triunfes porque quieren una población dócil y sumisa, que acepte sus condiciones y no busque otras posibilidades (no vaya a ser que nos larguemos a vivir y se queden sin pueblo sobre el que gobernar).

Yo no estoy aquí para decirte que cumplir sueños es fácil, que todo sale bien a la primera y que una vez empiezas, el miedo se esfuma. Al contrario, el miedo es constante, se va y reaparece cada vez que te enfrentas a una situación desconocida.

Hace casi dos años, estaba en un autobús atravesando México y puedo asegurarte que fueron las 14 horas más acojonantes de mi vida. Literalmente, creía que no saldría viva de ahí. Lo primero que hicieron cuando estábamos acomodándonos tranquilamente en nuestros asientos, fue grabarnos… ¡con un teléfono móvil!. “Para mayor seguridad”, nos dijeron. La cosa empezaba un poco extraña. Y continuó extraña cuando minutos más tarde, al llegar a otra ciudad nos hicieron cambiar de autobús repitiendo la misma frase: “Para mayor seguridad”.  Pues precisamente segura no es que me estuviera sintiendo.

Continuó el viaje avanzando la madrugada y el dichoso autobús con el que nos dirigíamos a la Ciudad de México, paraba cada diez minutos en un descampado solitario. Cada vez que sentía que nos deteníamos, mi corazón se aceleraba y las manos me empezaban a sudar. Corría ligeramente la cortina de mi ventanilla para no ver otra cosa más que mi propio reflejo, porque al otro lado, todo era oscuridad. Entonces, la puerta se abría dando paso a alguien vestido de uniforme, supongo que militar, con una imponente arma más grande que su torso. Caminaba despacio por el pasillo (o al menos a mi me parecía que iban muy despacio) mirando fijamente a cada pasajero y pasajera. En una ocasión, uno de esos militares me sonrió y en aquel momento, hasta una sonrisa me dio escalofríos. “¿Por qué no soy invisible?”, me preguntaba.

A veces, se llevaban a alguien que no volvía a aparecer y el autobús continuaba su marcha, mientras yo no paraba de cuestionarme: “¿Qué hago si me quieren llevar a mí? ¿Me niego? ¿O con ellos estaría más segura que aquí?”. En la televisión europea estamos acostumbrados a escuchar tantas barbaridades y tan pocas cosas buenas, que durante una situación así, es inevitable que tu cerebro las recuerde y visualice como si de una película se tratase. “¿Y si me secuestran?  A ver si esta gente se cree que por ser rubia y tener la piel clara, también soy rica. Si supieran que llevo un mes comiendo arroz…” 

Y al mismo tiempo que yo auguraba el próximo fin de mi existencia, mi compañera de viaje y socia de vida, dormía plácidamente a mi derecha. Como un bebé, ajena al peligro que nos acechaba. ¿Cómo podía dormir, si esa carretera tenía más baches que una montaña rusa? La miraba de reojo y hasta sonreía, la condenada. No sabía si reírme por lo peculiar de la situación o despertarla de un golpe. Finalmente, hice lo primero, pero eso sí, cuando nos bajamos (vivitas y coleando) del “autobús del infierno”, como ahora le llamamos.

Descubrí dos cosas en aquel autobús; La primera, es que la mayoría de las veces, el miedo que nos invade ni siquiera tiene que ver con nosotros directamente, sino con las personas que nos rodean. Nos sentimos responsables de nuestros seres queridos y no es algo malo, es simplemente humano. Si a mi me ocurría algo durante aquel o cualquier viaje, mi madre sufriría y esa idea me angustiaba. Es más, de un corto tiempo para acá he desarrollado una extraña e insoportable aerofobia que casi me da más rabia que miedo. Yo, que siempre he sentido felicidad y euforia al subirme a un avión. Una plenitud extrema, porque ese medio de transporte era la única manera que tenía de viajar, salir de mi isla y conocer el mundo. Era tremendamente feliz y ahora soy tremendamente cagada. El despegue me produce una ansiedad incontrolable y creo que si fuera físicamente posible, me pasaría todo el vuelo conteniendo la respiración. Aún no he encontrado el origen exacto de ese sentimiento repentino, siempre pensé que si moría en un avión, sería feliz porque moriría viajando. Sin embargo, ahora no consigo disfrutar de esos trayectos que significan una nueva aventura. ¡Qué rabia!

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Tal vez sea consecuencia de todo lo que escuchamos en televisión, tal vez me estoy haciendo mayor, menos temeraria y al igual que en el autobús, me siento responsable de mis seres queridos (tengo un cachorro al que cuidar), tal vez mi subconsciente piensa que aún me quedan muchas cosas por hacer y no quiero dejar pendiente ninguna. O tal vez sea la suma de todo lo anterior. El caso, es que mi miedo está ahí, presente en cada viaje, pero no por ello voy a guardar las maletas hasta nuevo aviso. No dudo al comprar un billete. No me detengo ni un sólo segundo para preguntarme si es buena idea o mejor me quedo tranquila en casa. Y espero no hacerlo nunca, porque el miedo puede ser el mejor impulso para avanzar.

Lo mismo ocurre cuando queremos abandonar algo y comenzar de nuevo. Lanzarnos a la piscina, acojona. Dejar un trabajo, una ciudad, empezar desde cero, crear un proyecto y luchar por lo que queremos, son cosas desconocidas y asustan. Asusta la posibilidad de escuchar el famoso; “Te lo dije”, asusta defraudar y no ser lo que esperan que seamos. Creo que si el resto del mundo, en lugar de esperar algo de nosotros, nos animara, muchas inseguridades desaparecerían.

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Me gusta compararlo con los bebés y su aventura de empezar a caminar. Ellos no tienen miedo. Sólo tienen una o varias personas a unos metros, hablando un idioma que no entienden, dando palmas y riéndose como locos emocionados. El bebé no sabe caminar, pero tampoco sabe que se puede caer y hacerse daño. Todavía no es consciente de eso. Lo único que sabe, es que quiere llegar hasta su madre, padre, herman@s o quien sea que está al otro lado gritando y aplaudiendo. O sea, animándolo. Y se lanza a dar un paso. Y los gritos acompañados de risas, aumentan. Así que, entiende que debe estar haciendo algo bien. Y da otro paso… y otro… y llega hasta donde quiere entre abrazos y felicitaciones. Pero si en medio del camino, el bebé se cae, nadie le dice “te lo dije”. No. Corren a levantarlo y vuelven a animarlo para que lo intente otra vez. Ella o él, al caer no siente decepción por haber defraudado a alguien. Lo único que siente es un poco de dolor y tal vez algo de desconcierto.

Si estamos en conflicto con nuestra vida, algo falla.

 

Por lo tanto, estoy segura de que el riesgo daría un poco menos de vértigo si nuestro entorno dejara de valorar previamente lo que podemos o no podemos hacer, lo que somos capaces de alcanzar. Pero lo cierto, es que la mayor responsabilidad recae sobre nosotros mismos. Hay momentos en los que debemos dejar de escuchar palabras ajenas e incluso de nuestra propia mente y atender un poco más a nuestro corazón. Porque si estamos en conflicto con nuestra vida, algo falla.

Y lo segundo que aprendí durante aquel viaje, es que después de la oscuridad más absoluta, siempre sale el sol (incluso en Groenlandia, aunque tarde seis meses). Y no es una metáfora. Literalmente, después de los baches, el miedo y de pasar toda la noche sin dormir, pude ser testigo del amanecer más bonito que he presenciado hastIMG_20151201_065021a ahora.

Comenzó a salir el sol entre las montañas y un ligero manto de niebla, al mismo tiempo, que el miedo se esfumaba. Como por arte de magia.

Durante las siguientes horas, fui consciente de mi suerte; estaba observando un paisaje inigualable, del país con el que llevaba soñando tantos años, tenía al lado a mi mejor amiga, comenzando a despertar al mismo tiempo que el día. El momento no podía ser más sencillo y perfecto.

 

En definitiva, el autobús del infierno, no es más que una de las tantas anécdotas que me ocurrieron a mí mientras cumplía un sueño. Hoy en día, lo recuerdo entre risas y honestamente, hasta me gustaría estar allí. Porque el miedo, la incertidumbre, las ganas de reírme por los nervios, las experiencias durante aquel viaje y mi corazón acelerado a cada momento, eran los síntomas de estar viviendo la vida que siempre había soñado.

Eso es lo que se siente cuando te embarcas en tus sueños, sean cuales sean; miedo, incertidumbre, subes y bajas, caes y te levantas, sigues adelante, luchas y eres feliz. Porque el camino es lo más bonito. Y algún día, quizás tengas hij@s (o no), sobrin@s, perros o gatos con los que hables (aunque no te entiendan), o tal vez, te sientes en un banco cualquiera, de un parque cualquiera y se te acerque una niña o un niño con los ojos llenos de esa ilusión que en algún momento pierden los adultos, y tú tendrás a tu espalda una mochila cargada de anécdotas y aventuras para esa personita que te escuchará con atención y admiración, porque es muy probable, que nadie le haya contado lo que tú le estás contando. Porque siempre ha escuchado hablar de príncipes y princesas cuya mayor aventura es casarse y comer perdices. Pero ahí estarás tú, para decirle que cualquier sueño es válido, que no existen los limites cuando se trata de soñar y que si alguna vez alguien le dice que no puede, recuerde que tú, si pudiste.

Ya que tenemos que ser adultos, seamos aquellos que nos hubiera gustado encontrar en un parque cualquiera.

 

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